domingo, 25 de mayo de 2014

Ahogarse.

El miedo de morir ahogado es también el mayor placer que podría experimentar jamás.
Ese sentimiento de quitarse la ropa por última vez, desnudarse. Caminar lentamente por la arena de la playa mientras la noche acecha. Entonces dejar que el agua entre en contacto con la piel. Más tarde todo el cuerpo, y ya entrado en el mar, inspirar ese aire negro de la vida para recordar lo amargo que era y obligar la cabeza a meterse bajo la superficie.

Tragar agua, sentir que entra incluso por la nariz, y que te ardan los pulmones, sabiendo que los estás destrozando por dentro, que los estás matando.
El agua salada inundándote y liberándote a la oscuridad de la felicidad.

Entonces reconoces que ese es tu lecho de muerte, que te has dejado llevar por la mar de una forma fúnebre y que puedes volar. 
El aire te recorre por el alma, te chilla que no hay nada que se pueda volver a poner en tu camino.



Ves una luz.
Pareces estar llorando porque estás olvidando todo pero a la vez sabes que estás en un hospital, acabas de nacer y estás otra vez en el laberinto de esta vida de sufrimiento que no tiene salida.