viernes, 18 de julio de 2014

Una hermosa noche

Me dispuse a admirar las estrellas enjauladas en la noche. Nunca me había acostado en la superficie de un lugar rodeado de naturaleza y a altas horas en las que contemplar el cielo era increíble. Las nubes con ese color entre grisáceo y morado, a veces tapando esas constelaciones, haciéndome pensar. De fondo se escuchaba suavemente la dulce voz de Lana del Rey, ya era hora de irse a descansar.
La fiesta había acabado y todos pensamos que deberíamos irnos a dormir en ese momento, porque ya era demasiado tarde.
No había ningún adulto y eso a algunos parecía que les gustaba, pero a mí me inquietaba; sí, podíamos ser libres e incontrolados, aunque eso nos hacía en cierto modo vulnerables.
Íbamos a estar toda la noche en el salón, a escasos metros de la entrada principal.
Enchufé el móvil a la luz para que se cargara durante la noche. Me tumbé en la cama. Chillé repetidas ocasiones para que mis compañeros me dejaran dormir y a eso de las dos y media pude conciliar el sueño.

Un estruendo metálico sonó en la lejanía, pero dentro de la casa. Aquello me recordó el material del que estaba hecha la puerta principal. 
El ruido pareció ser provocado con una gran arma que sería capaz de atravesar incluso la pared más gruesa de la casa, pero al parecer era más dramático para alguien entrar por la puerta, lenta y agonizantemente. 
Desesperadas exhalaciones salieron de todas nuestras bocas. 
El pánico y la adrenalina se apoderaron de nosotros, y cuando parecía que nada podía ir peor, nos sorprendió un relámpago que iluminó toda la sala y nos mostró lo que acababa de entrar. 
El arma era un gran hacha, acompañada de un gran ¿hombre? con pantalones hasta arriba de barro, camisa desgarrada, piel oscura y ensangrentada, con un sombrero de paja que ocultaba su rostro. No caminaba muy deprisa.
-¡Joder! -exclamó el chico que más cercano estaba a la puerta.
Aquel hombre sonrió y alzó su hacha, dejándola caer encima de aquel compañero.
Su última palabra fue un taco. Qué triste. 
Mientras iba de uno en uno matándonos todos estábamos quietos, inmovilizados por el miedo, pero yo sabía que la cocina no andaba muy lejos y los cuchillos jamoneros tampoco lo harían. 
Uno de mis amigos intentó oponerse, cogiéndole de la mano para quitarle el hacha y después de romperse la muñeca, aún pudo balancearse a un lado para esquivar, por lo menos, uno de los hachazos; en vano, porque no mucho tiempo después, acabó igual que todos.
Aproveché esos pocos segundos que él estaba perdiendo para dirigirme a la cocina, corriendo, vencido por los nervios. 
Abrí todos los cajones rápidamente, sin preocuparme del ruido que estaba causando, en busca de aquel cuchillo que se suponía que me iba a salvar la vida. Después de ni un cuarto de minuto, conseguí el mayor cuchillo que jamás podría haber imaginado, me giré para ver cómo había avanzado el hombre y me arrepentí de todo al ver que estaba a nada de matarme.
Me arrepentí de haber ido esa noche a esa casa, de haber sido tan poco sigiloso a la hora de ir a la cocina y sobretodo al buscar mi arma. 
Sinceramente no vi mi vida entera pasar como me habían dicho que pasaría, simplemente se me nubló la vista y lo último que pude escuchar fue un sordo golpe en mi cintura, que poco después se había despegado de mi tronco, haciendo saltar miles de astillas.