sábado, 1 de noviembre de 2014

ALEJANDRO

El mejor sabor de boca que puede uno tener es el del trabajo bien hecho y el de la venganza. Aquel día se me antojaron los dos y llegados a este punto de mi vida, no podía rechazarle el gusto a mi instinto.
Había un chico de mi instituto que era perfecto para la ocasión. Me daban arcadas pensar en su nombre, y era el chico más pusilánime que había conocido jamás, la vagancia y la pasividad siempre le acompañaban, como su austera sombra. 
Este funesto joven me subestimaba, pensaba que yo era un cobarde que no sería capaz ni de matar a una mosca. Tenía razón. Matar inocentes seres vivos que no llegan a ser humanos y ni son conscientes de su propia razón, no era lo mío. 
El chico era simplemente un grano en la frente, no estorba lo suficiente, pero si te apetece, lo puedes eliminar y así te desahogas, ya sabes.

El caso es que yo me hallaba en la puerta de su casa. El sol descansaba y la luna hacía guardia por él. 
Toqué repetidas ocasiones el irrisorio timbre que tenían en aquel hogar y esperé con paciencia a que la puerta se abriese con un gemido herrumbroso. Su hermano menor estaba al otro lado, recibiéndome.

-Hola -saludé cordialmente.
Susurró algo indescifrable, tendría miedo. ¿Sería porque iba yo vestido como un macarra asesino? 

Mis pensamientos contaban con arrasar todo a mi paso, pero niño tan apacible no lo merecía, así que lo estampé contra la dura pared y continué mi camino.

No parecía haber nadie en casa; aquello facilitaría bastante las cosas. 

Él estaba en el segundo piso y me aterrorizaba subir las escaleras porque parecían estar diseñadas por algún desidioso, era vergonzoso sólo mirarlas. 

La epicidad iba conmigo cuando caminaba sin ninguna prisa por el pasillo hacia el dormitorio del susodicho.
Conduje mis venosas manos al cinturón, asegurándome que llevaba el puñal que me ayudaría a acabar con el grasoso grano, entonces abrí la barata puerta que me separaba del aposento de mi víctima. 

¿Qué estaría haciendo él? 

Jugando a la play.
Lo que decía, insoportable.

-¡Gilipollas, por el otro lado! -gritaba por el auricular que lo conectaba con otros jugadores online. 

Tuve que llamar su atención.

-Deja ya de jugar, ¿de verdad que lo único que quieres hacer en tus últimos segundos de vida es jugar a un ínfimo videojuego?

Saltó del asiento y chilló, amedrentado. 

-¡Estás colgado! ¿Qué haces aquí? -preguntó desesperadamente, con tono nervioso.

-Ojalá estuviese colgado. 

No sabía qué responderme.

-Y vengo a matarte.

-Vete ya a dormir, anda -repuso él-. Vete.

-No me iré hasta que no te haya matado -lo invité a que me permitiese un fácil trabajo -. Espero que no compliques las cosas.
Estaba sin palabras, lo único que atinó a hacer fue atacarme con un suave empujón.

Saqué mi puñal y lo señalé, sin osar a llegar mucho más lejos.

-Joder, para ya, estás loco, no me hagas pagarlo a mí, ¿qué te he hecho?

-Llamarme loco -aduje yo.

-¿Acaso no lo estás?

-No -respondí sin duda alguna.

Una pequeña parte de mí cerebro se puso a filosofar con las demás y acabó resultando que tenía cordura, pero que no debía estar allí, no tenía que matarlo, estaba fuera de lugar. Era injusto. 

Agaché la cabeza y me fui por donde vine, sin acabar con él.
<<Mala hierba nunca muere>> pensé.