sábado, 20 de diciembre de 2014

Una desequilibrada

“¡Joder, qué polvo tan apacible me ha regalado mi novia!” Pensé mientras salía de su casa y me dirigía a mi automóvil.

Los destellos de sol que habían cubierto la ciudad durante el día se apagaban, y a su vez daban lugar a una tenue noche salpicada de relucientes estrellas en el beatífico cielo.

Después de fijarme en el atolondrado color de la luna, bajé la vista a la calle y vislumbré a una pérfida señorita apaleando mi hermoso coche con un bate de béisbol. Las palabras estallaron en mí y no tuve otra alternativa que soltarlas al aire:

-¡Me cago en todos tus muertos, desgraciada! ¿Quién eres tú?

Corrí rumbo a la subnormal aquella y gritándole en el camino. Ella se limitaba a seguir maltratando a mi querido, sin escrúpulos, y encima de todo, tenía el valor de reírse. La sangre me hervía dentro de las venas a causa de la rabia, y sin necesitar mucho tiempo llegué a mi coche, empujando a la joven para que cayera al suelo de la acera.

Para mi sorpresa, se mantuvo erguida y no sucumbió a mi fuerza. Entonces intentó blandir el bate para asestarlo contra mí. Suerte que introduje la llave en el coche, me metí, y lo arranqué antes de que ella lo hubiera conseguido, debido a que estaba un poco noqueada por el empujón. El motor estaba intacto, pero los nervios seguían estando allí, tenía que deshacerme de ese demonio sin preámbulos.

Marcha atrás.

“Mierda”

Bollé el coche de atrás, y con ello el mío.

-Hay gentes tan llenas de sentido común, que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio. Qué grande Unamuno –vociferó con una voz tan grave que parecía de hombre serrano en lugar de chica con rostro tan manso. Un sentimiento me ahogaba más cada vez, el miedo.

Aceleré sin pensarlo mucho más para escapar de la situación, hasta que abrió la boca otra vez.

-Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.

Mi interior se llenó de ira que me rasgaba como fuego quemando la carne viva, necesitando un extintor, que sería mi forma de desahogarme, es decir, atropellando a la necia señorita, dando lugar a que se callase, así también me vengaría por lo que le hizo a mi automóvil.

Acabaría siendo mi desgracia, pero en ese momento yo pensaba que era para mi suerte, ella se colocó sin yo pedírselo en frente. Solo tenía que acelerar. Muy fuerte.
Lo hice, pero mi persona que no está tan perdida como ella en la vida no me lo permitió, e involuntariamente pisé el freno antes de dar lugar a su muerte o accidente.
Fruto de haber acelerado, había avanzado y me situaba a nada de la chica, que con ayuda del bate, con aire distraído rompió el cristal delantero y se arrojó al asiento de mi lado. ¿Cómo lo hizo? No lo sé, desconozco el pensamiento de los desequilibrados.







No preguntéis qué pasó después, porque en ese momento ya me había despertado de la pesadilla.