lunes, 3 de agosto de 2015

Con amor

Resquicios de sol se atropellaban por entrar a contemplar el carente mobiliario del lugar. En ese preciso momento corría una brisa tan escasa como tu inteligencia, que me hacía pensar si realmente los futuros días en aquella casa solariega serían vacaciones o no. Mamá y mamá definitivamente se habían equivocado un año más al elegir el destino en el que pasar el verano, o al menos unas semanas de éste.

—Siempre te tienes que quejar de todo -me reprochó mamá.

Conociéndolas supongo que sabrás a cuál de las dos me refiero.

—No es eso —repuse —. Simplemente no hacéis nada bien.

No tenía nada en contra de ellas, ni de nadie, pero no podía soportar cómo el resto del mundo llevaba la vida, de un modo diferente al mío. Todo sería mucho mejor si cada persona actuara como yo, no habría nadie siendo infeliz, o quizá todos, pero ésto último es menos probable.
(Por favor, hermana, no me repitas que la acentuación a los pronombres demostrativos ya no es necesaria).

No quiero aburrirte con digresiones así que seré breve y te haré saber pronto qué me molesta de ti.

Los días allí pasaron lentamente, como para mí el tiempo cuando espero nerviosamente a que las palabras broten de tus labios y no lo hacen, las noches aún más largas me hacían desesperar en la cama, y así, desesperanzado, una noche me  desvelé y salí al exterior a fumar un cigarrillo.

Vientos gélidos corrían por el campo acompañados de lo que creo que fueron algunas criaturas indescriptibles, apenas pude verlas, pero dejaron pruebas de su paso. Habían dejado un bidón con ganas de arder en el que se encontraba pintado un símbolo con color parecido a la sangre, que seguro era falsa. Parecía una imitación fallida y ridícula de la "V" de Vendetta, pero sinceramente no recuerdo ni qué tenía dibujado.
Quería sentirme en una novela perteneciente al Realismo Mágico, así que lo tomé como algo de lo más normal del mundo y me fui a dormir otra vez, o al menos a intentarlo. Nunca más (hasta este momento) volví a pensar en el bidón, ni siquiera me fijé en si seguía allí o no.

Adelantemos varios mundanos días en los que no ocurrió nada digno de recordar y lleguemos al momento en que en una de las salidas de las estrellas entre la oscuridad, también la mía al campo por insomnio, me encontré con aquel símbolo tan macarrónico por todas partes: en el umbral de la puerta, en el suelo, en la silla que teníamos fuera, e incluso flotando en la nada.

El aire se decidió a deprimirme con tantas sacudidas que me recordó el espanto de la situación,  seguro que aquellas criaturas tenían pensando un mal destino para mí. Corrí a la habitación para alejarme de todo lo que me echaba de allí, y entonces fue cuando fui a tu lecho a despertarte.

No me creías, pero tras bastantes horas de insistencia saliste afuera y te mostré los horribles símbolos.

—No veo nada -te atreviste a decirme con parsimonia.

Eso es.