viernes, 29 de enero de 2016

Era un jodido robot

Sigo pensando en la mentira que mantuvo en todo momento y mi cabreo continúa intacto, pues desde el instante que lo descubrí siento que todo tiempo pasado no ha sido nada más que un triste sueño, y que acabo de despertar.

El problema radica en que no soy capaz de olvidar aquel instante en el que observé por primera vez cómo sus prodigiosas cejas se arqueaban, mostrándoseme listas para una batalla interminable de amor en la que el ganador era el inexorable destino y su víctima era yo, enjaulado y a la vez liberado por la llama de su corazón. Y lo mismo que conseguía con sus cejas también lo hacía mediante sus hechizadores gestos. Estos eran tan exagerados como hermosos, movía las manos con una gracia capaz de enamorar a Dios, así como de acabar con todo el mal que acechaba a la humanidad.

Pero no me puedo dejar engañar, también tiene propiedades tan ordinarias que me recuerdan a las del resto de la gente, y a veces eso me ahuyenta. Algún ejemplo de ello podría ser cuando habla con sus amigos muertos. Ya no tienen nada que decir, es difícil y aburrido entablar conversión con ellos. Otra cuestión que no me agrada de ella es la manía que tiene de salir a pasear cuando llueve vino. Toda la ropa se mancha y anda todo el día con ese maldito olor que ofusca a kilómetros.

Estos defectos aún se los podía dejar pasar pero el asunto de la mentira no. No me importa que ella sea un robot, yo soy muy abierto de mente y sé que el amor no entiende de nada. La traba está en que me lo ocultó, y cuando alguien hace eso pierde todo el merecimiento de confianza, y sin confianza, no puede haber relación.